CAMINATA EN PLAYA SANTA ANA

Texto de Modesto Herrera y obra de Alberto Herrera


Arriba en el cielo
Hay una ventana

por donde se asoma
Señora Santa Ana.(Refrán popular)
Me despido por unos días del mar y camino por su playa para escuchar el mensaje de las olas, se que ellas son celosas y me piden atención extrema, pero el movimiento de la mañana caminadora me distrae; es inútil, el sonido de las olas me acompaña solamente, no dialogan conmigo como en otras ocasiones.
Al final del ejercicio y con una sonrisa por haber elevado un milímetro el umbral de vida (a mi cuerpo y a mi mente), me dispongo a meditar enfrente del mar y con indiferencia, me olvido del mundo detrás de mis espaldas.
El cielo tapizado de nubes arrugadas, semejando algodones superpuestos con jirones de azules entrepaños y en el centro de mis ojos, un poco más arriba de las nubes, una ventana con cortinas blancas en que tímidamente el sol se asoma con la modestia de sentirse el dios principal de este planeta.
Qué cierto es lo que Waldo López escribe, que sus aliados le dan casi todo cuando “a veces sube al sótano del cielo o baja a sorber de las estrellas las gotas de rocío con aromas de costas rumorosas”.
A lo lejos veo el horizonte para fijar el punto en que mis pensamientos puedan dividirse entre un cielo tapizado de esperanzas líquidas y energías luminosas que producen vida y el mar tranquilo, con sus aguas apacibles mientras un explorador alado, igualmente blanco, con ojos afilados terminados en pico, detecta el movimiento de los peces en algún lugar cercano de las playas.
No puedo menos que sentir amor, y rendirle un homenaje al sol, a la vida misma, sentirme vivo; sin embargo, de repente en esa sensación de plenitud y de abandono, no puedo detener otras nubes que se asoman a mis ojos y esta vez un poco grises y sombrías cuando pienso que hay seres que sufren, mi espalda me los devuelve: los tres minutos de silencio por los ahogados en la tierra y los escombros en la China contrastante, los pobres, sin derechos idénticos de vida en este país, mis hermanos, que por desgracia solo tienen la esperanza como una constante a sus remedios y sus males, los otros seres en Birmania despojados de sus casas y lo que es peor también, de sus muertos ahogados por otro tipo de olas cuando el mar enfurecido nos reclama.
Es un canto a la vida si, pero también de muerte como la otra parte del ciclo natural de la existencia y parte también de la envidia de los hombres al querer ser dioses.
Lloro quizá un poco por las muertes y otro poco más por las vidas que no tienen remedio, gozo el espectáculo brutal de una belleza amarizada con el canto de las olas en la esquina de mi casa, lloro por mi y por la impotencia de no poder hacer en este momento nada, salvo rendirle una oración al universo y aceptar que así es la vida y entender que siempre acecha, la otra parte del espejo.

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