LA CEREMONIA DEL GLACIAR texto y obra de Angeles Charlyne

Las barandas del puente flamearon peligrosamente. El bamboleo aumentó el frío que desprendía el hielo. Fernández, manejó el rumbo del bote. El motor ronroneó. La madrugada espiaba el silencio del glaciar. Expectante, casi tanto como los navegantes del gomón. Gómez le tomó la mano enguantada con la suya, pareció que la piel, ausente transitoria, llegara desde el interior del abrigo. Era difícil la jugada. Fernández no dijo nada a nadie. Se adivinaron con Gómez, en cierta complicidad trabajada sobre territorios fragorosos. El rumor del bote y su estela blanca sobre la helada superficie del lago, daba un paisaje de plata, de indescriptible belleza, que quitaba hasta el aliento.
La pared norte se les antojó una mole indomable, El hielo impone presencia por ausencia de vida. Volaron dos aves solitarias, dispuestas al avistaje. La proximidad de la hora era impredecible. Tanto que nadie, de los escasos moradores de la región, lograban acertar. Fernández y Gómez apostaron en silencio, entre sí sobre los plazos, los del glaciar y los propios.

El cielo hizo un guiño índigo para el tripulante índigo que, silencioso, veía por primera vez la maravilla blanca, desde ese tono ominoso de piel, que Fernández y Gómez se empeñaban en resguardar. Sabían que él también tenía su tiempo apostado. La vida suele trampear porque es la dueña del casino y sólo admite cierto número a la hora del no va más. Continúa ...

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