DESPEDIDAS

Relato y fotografía de Juan Pellicer

Paseaba como cada tarde esquivando las rocas que se dejaban acariciar por las suaves y cadenciosas olas del mar. Los últimos rayos del Sol se estrellaban sobre el mar proyectando mágicos reflejos de millones de colores. A veces, como robando mi voluntad, me sentía atrapado por ellos siendo imposible dejar de mirarlos… Mis tardes se inventaban así, plácidas. Ellas invadían todo mi ser con sus aromas, con suaves y cálidas brisas rozando mi piel; me proporcionaban la paz y el silencio que otrora tanto necesité.
Esos largos paseos junto al mar se habían convertido inevitablemente en sublime liturgia a la que, entregado voluntariamente, me disponía todos los días.
Sin embargo, aquél día algo inédito rompía el cotidiano y familiar marinero paisaje; una figura. A medida que me iba acercando, de mi mente desbordada, miles de hipótesis justificaban el porqué de aquella solitaria presencia. Al llegar a su altura hubo un detalle que me hizo parar y, de manera sigilosa, acercarme hasta él.
Era un hombre de mediana edad, que sentado con las piernas estiradas y los brazos apoyados sobre la roca, perdía su mirada y, me pareció que incluso su yo mas íntimo, en el horizonte. Apenas reparó en mi presencia salvo cuando, seguramente de manera inoportuna, irrumpí, poco respetuoso, en su silencio con un “-buenas tardes, amigo-”. Él, desviando su mirada, clavó sus ojos en los míos, y apenas susurrando y esbozando una leve sonrisa, devolvió el saludo. No hubo más palabras, más conversación, no hubo nada más, solo un doble silencio compartido junto al mar.
Al día siguiente, en el mismo sitio y a la misma hora, esa enigmática figura, de nuevo se oponía entre el mar y yo. De nuevo, al llegar a su altura, un “buenas tardes amigo” volvió a salir de mi boca y de nuevo aquella figura silente respondió con una casi imaginada sonrisa. Otra vez junto a él contemplando el mismo mar, el mismo horizonte. De nuevo dejándonos acariciar por la misma brisa y, seguramente de nuevo, sintiendo las mismas emociones. Quizá la única diferencia sería el punto de partida; en mi caso, la felicidad; en el suyo, posiblemente, la tristeza. Eso al menos es lo que, sus silencios, me decían.
Al día siguiente el mismo ritual. Al placer infinito de pasear junto al mar, y sentir los murmullos de las brisas; de pisar sintiendo todo mi cuerpo como bailando con el viento; de llenar mi ojos con los colores reflejados y henchir mis pulmones con aquel aire con olor a sal y brea que me llenaba de vida; de perseguir el vuelo de las gaviotas… A todos esos placeres, ahora, inevitablemente, se unía el de comprobar que aquella misteriosa figura que solo hablaba con medias sonrisas, de nuevo estaba en su roca, frente a su horizonte, enzarzado, probablemente, en feroz batalla contra sus tristezas.
Hoy entendí aquello y comprendí que ni tan siquiera el “buenos tardes, amigo” debía interrumpir los silencios que se veían. Solo me acerqué, solo quería estar. Algo dentro de mí me invitaba a pasar, pero descalzo para no hacer ruido. Me dejé llevar y, sentándome junto a él, comenzamos a compartir, en silencio, como se comparten las cosas que importan, el mismo horizonte, aunque seguramente desde montañas distintas…

- ¿Te has dado cuenta lo grande que es el mar? Me preguntó, saliendo tímidamente de su mundo.
- Si, conteste confiado, seguramente nos faltarían vidas para verlo en su inmensidad.
- Es cierto, respondió.
- Y a ti, ¿Te gusta el mar? Pregunté.
- Si, a mi también me gusta el mar. Yo también vengo en su busca. Yo también tengo mi lugar junto a él.
- ¿Y porque solo, y porque aquí, y porque todos los días, y porque en silencio? Mis ganas de saber se volvían infinitas.
- No lo sé, seguramente ahora me ocurre a mi, lo que hace muchos años también te ocurrió a ti. Alguien muy querido, alguien que llevaba mi misma sangre y un día me dio la vida, partía, en viaje sin retorno hacia el infinito, por este inmenso mar que a los tres nos vio nacer.
Se merece una larga despedida y una media sonrisa de agradecimiento. Solo, desde este, imaginario altar, mi corazón feliz, se reconcilia con la vida.

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