LA LLAMADA DE LA NATURALEZA

Texto y obra de JPellicer
"Cuando hayáis talado el último árbol, cuando hayáis matado el último animal, cuando hayáis contaminado el último río, os daréis cuenta de que el dinero no se come" (de los indios cris, Canadá)
Basta sentirse perdido entre los bosques para comprender la grandeza de la Naturaleza. Vamos paseando y nuestros “cinco o…veinte” sentidos, abiertos, no dejan escapar ninguna sensación.
Nuestros ojos se llenan de muchos colores; amarillos, ocres, naranjas, verdes… colores que además se mueven, ¡¡¿colores que se mueven?!!.
Si, esos colores se mueven y en su movimiento nos muestran senderos por donde llevar nuestras tristezas para que formen, en la lejanía, un nuevo color. Son aquellos grises y negros que se otean allá, al fondo.
Nuestros ojos, invadidos de colores en movimiento, adivinan ahora que son nuestros oídos los perciben los trinos de los pájaros que “peor cantan”, (los trinos de los que cantan bien no los oímos, solo los escuchamos, creemos que son las hojas de los árboles cuando caen y suaves se acuestan sobre el suelo). Ellos, acostumbrados a bocinas, estruendos y alborotos, no son capa
ces de oír ni tan siquiera lo que le dice el viento de otoño a la rana que mira. Ellos, los oídos que un día oyeron, hoy, confundidos, apenas distinguen entre el vuelo de un gorrión que acaba de llegar al otro extremo del bosque, y mezclándose, con los grises y negros, enseña a comer a sus poyuelos; de los arrumacos y caricias que el agua de la cascada hace al junco, que espera paciente, la llegada de su amada, fresca, limpia y cristalina…
Nuestras manos sienten, vacías y secas, como si estuvieran llenas de todo, (sucede a veces que estamos llenos de todo, tanto, tanto, que tenemos la sensación de estar completamente vacíos, claro será por que lo tenemos todo). Sin embargo ellas, que estando llenas se sienten vacías, abrazan al árbol, y al oído (¿acaso no sabéis que los árboles tienen oídos?), le dice: ¿tantas ramas y tantas hojas, y todas tuyas? Y el árbol, en su generosidad y nobleza, apiadado, responde: si, ellas son mis manos y siempre están llenas porque nunca aprietan, porque aprendieron a crecer, sencillamente creciendo. ¿Te has fijado alguna vez que las ramas de los árboles siempre están hacia abajo? (fíjate la próxima vez que vayas a la montaña). Mis manos, que no entienden de hojas, ni de ramas, solo buscan algo que tocar, es entonces cuando, viéndolas, una junto a otra, comprendemos que, como el niño empeñado en meter toda la arena de la playa en su cubo, igual estas pequeñas manos no saben que ya están llenas, llenas de colores que se mueven y de sonidos que se dejan atrapar por ellas, el sonido de la flor amarilla, el del agua besando las piedras, o aquél otro más difícil de oír, pero que en silencio, se distingue, como es el sonido de los reflejos en el agua, justo en el momento que el color verde se mueve para dejar sitio al azul.
Mientras nuestros ojos sorprendidos disfrutan con sus colores y nuestras manos, llenas pero vacías, se acaban de llenar para vaciarse tal y como nos dijo el árbol, vamos saboreando, sí saboreando. Sabores dulces y amargos que nos hablan, los primeros de cuando llegamos; los segundos de cuando nos fuimos. Nunca lo había pensado pero es cierto. ¿Qué siente nuestro paladar cuando estamos inmersos en plena naturaleza? Os invito a comprobarlo, es una mezcla muy agradable entre el chispeante y casi ácido sabor de las primeras naranjas de otoño, mezclado con el suave y dulce del plátano macho cocinado que es suave y mantecoso. Dejarnos invadir por la sensación de paladear pausadamente una Guanábana sintiendo esa mezcla agridulce mientras, impregnados de su aroma, dejamos hueco para la vainilla y el caramelo que también sabemos encontraremos aunque no sepamos ni cuando ni donde.
Deslizo suavemente mi mano por la rugosa corteza del árbol y, siento al mismo tiempo, su fuerza y su debilidad. Él que se sabe grande tuvo que inventar la resina para protegerse de enfermedades sin embargo no fue capaz de inventarse nada para protegerse del humano. Mi cuerpo, en sincera reconciliación, se quiere fundir con el suyo y mis manos recorren cada una de sus rugosidades. Así, pegado a él voy, de nuevo, experimentando nuevas sensaciones, que, callado y cansado, va regalándome una y otra vez.
Finalmente, abatido por tanta dicha, me voy deslizando hacia el suelo y, apoyando mi espalda sobre su gran cuerpo, comprendo que, otra vez, la vida me ha sorprendido. Apoyado comienzo a sentir, comienzo a experimentar plácidas sensaciones que me llevan al principio de los tiempos. Ahora, sintiéndome seguro por estar en casa, he comenzado a comprender lo dichoso que pude haber sido.¿Pude haber sido?...

2 comentarios:

  1. ¿Sabes Juan? esas sensaciones plácidas que nos regala la naturaleza cuando nos sumergimos en ella, la he sentido yo también asi como la describes, cuando al tomar una foto de un árbol, mirándolo desde abajo, y ver su tronco alto,que se eleva, sus ramas que se abren contra el cielo, su apacible y pasmosa serenidad con la que me acoge, entonces he sentido lo pequeña que soy ante lo maravilloso de la naturaleza, he sentido una comunión, un éxtasis profundo y la verdad es que en esos momentos sí podemos sentirnos dichosos, de poder ser uno con la naturaleza, de poder asombrarnos con ella, y esos minutos de sensaciones intensas son nuestros, nadie nos lo puede quitar. Esa foto del árbol está preciosa, el modo o la técnica con la que la has retratado ha sido espectacular.
    Un beso , amigo!

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  2. Tienes razón Vilma, cuando la Naturaleza nos abre sus puertas, nosotros, como niños, con la boca abierta, pasamos mirando, sintiendo...así es.
    Los que, por algun motivo, hemos vivido cerca de la naturaleza sabemos de los placeres que oculta y reserva solo para aquellos tienen su corazón abierto. Seguro que el tuyo, aún sin sonrisa (quizá por ello precisamente), ha descubierto estas maravillas. Un abrazo muy fuerte.

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