SONIDO DE LUZ

Relato y obra de Angeles Charlyne

Ella volvió su mirada acaramelada, luminosa como siempre, para decirle por lo bajo -lo tuyo sigue siendo mucho bla... bla... bla. Antes, cerró la puerta para que nadie oyera sus palabras. Sostenía entre otras teorías que las imposibilidades no existen. El parecía un manual de excusas. Para toda ocasión tenía una y ella había agotado su cuota de comprensión.La tolerancia era una viuda abandonada en plena juventud. Ella se dijo que era mejor que malgastar el tiempo de los arrepentimientos ulteriores. Cerró otra puerta, esta vez la de la paciencia, pobrecita la paciencia que supo derramar sobre su piel casi siempre desencontrada.
Su silencio pareció otorgarle un equívoco asentimiento. Igual la cuenta corriente había que cerrarla se dijo.
Los incumplimientos de él podían catalogarse y donde quiera que mirara había huellas de esa falta. Nunca sospechó de la impotencia probable ni siquiera de los destiempos que parecían afligir la vida de él.Sus urgencias eran legítimas, sobre todo luego de haberse clausurado su tiempo anterior que le llevó años, tal vez los mejores, los más nuevos y que le dejaran varias marcas maternales, al cabo de las cuales se encontró sola y sin retorno. No se lo pudo perdonar y por lo tanto como el perdón era un artículo olvidado, mal podía otorgarlo ahora y a otro.
La mañana la invitó a caminar, razón por la cual irguió su delgada figura y sin volverse le anunció
-Me voy-, la elocuencia de un fragmento de advertencia quedó suspendido en el aire, como un hilo de ceniza y él supo de la fugacidad abrumadora, sin poder apelar a una ampliación del significado de ese me voy.
Ella cerró la puerta a sus espaldas de un solo movimiento que sonó implacable en los oídos de él. Revisó pero no encontró el argumento salvador para detenerla y menos para revisar su decisión.
Inspiró profundamente el aire tibio de ese mediodía luminoso y prometedor, para comprobar que no se sentía de ninguna forma en especial. Acababa de salirse de la vida de alguien que ya, ni siquiera era recuerdo, menos herida y mucho menos preocupación. Esto último la alarmó.
Se detuvo en la cuadra donde los aromos hacen una fiesta amarilla todos los días y construyen la alfombra mágica que la transporta, cada vez que cierra los ojos y mide la intensidad con su pisada. El leve colchón le pareció recordar a Kundera y supuso, según su propia interpretación que era eso de “la insoportable levedad del ser”.
¿Ser?… ¿Qué ser?… ¿Qué es ser?, hizo pausa en la trilogía de interrogantes para aceptar el vacío, la página en blanco, los puntos suspensivos solitarios, trazando el camino que siempre se está por recorrer. Se imaginó imaginando que alguien la viese allí, de ojos cerrados, invocando la levitación imprudente. Los brazos extendidos, los dedos de las manos separados, demorada en esa alfombra amarilla, donde se sumerge para disfrutar el aroma áspero y penetrante que tanto la seduce.
Se dijo que algo bueno y mejor debía sucederle que estar repasando esa pared gris todos los días, pared de clausuras que no lograba penetrar y él arrastraba resignado a la crucifixión. También se dijo que la generosidad para pensar en el otro, fue una tarea que le demandó tiempo y esfuerzo, sueños y esperanzas y ahora, lo que le quedaba de este combustible de la fertilidad, sería para ella.
La mejor forma de no ser, es dejar de ser, y ella practicó súbi
tamente esta disciplina desconocida. Un gozo nuevo la invadió y supo que había decidido quedarse en esa pista amarilla y perfumada de despegue, hasta que la levedad fuera sólida.
Desfilaron en su mente imágenes dispersas, desordenadas de un pasado rico en emociones… ¿Rico en emociones? se preguntó, sumando vacilaciones a las dudas que también eran parte de su equipaje. Convino en que la aridez puede disfrazarse y mentirse gratos sucesos incoloros. Se enojó consigo, pero se ayudó a empujar lejos, sombras y figuras que ya no quería seguir llevando en su alma y menos en su razón.
Seguía demorada en ese aguardo suspendido, feliz con la decisión de la ausencia de equipaje, tomada con la inocencia merecida. Mordió la levedad para probar el gusto de la nada y el abandono voluptuoso del abandono espiritual. Estaba cerrando esa puerta y le costaba empujarla algo menos de lo que pensaba, asistió al ritual de esa inexorable sensación de clausura que le complacía con la sorpresa inaugural de ese tiempo iniciático capaz de la fragilidad de una burbuja.
En esa mística comprobación para fundar su propia religión, convertirse en sacerdotisa de lo inesperado, invirtió la potencia de los deseos intocados. Apretó los párpados, las manos, y se sintió dueña del despegue intuido. Decidió que era hora de abrir los ojos. Lo hizo.
La puerta brillante de madera oscura se le apareció tentadora. Vaciló… luego se decidió. Giró el picaporte. Abrió y el brillo de la luz la cegó por un momento, luego sonrió y cruzó el umbral.
En la calle una ambulancia blanca recogía el cuerpo de una mujer extrañamente sonriente que parecía dormir sobre una cama amarilla de hojas de aromo.

Angeles Charlyne, De “La puerta que…”

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