Mostrando entradas con la etiqueta -Maltrato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta -Maltrato. Mostrar todas las entradas

PAJARO MUERTO

Poema de Alfonso Gomez y obra de Adela Casado

 
 Una vida truncada
que jamás cantará
Una vida sin trinos
que no alegrará
Pájaro muerto en el
camino sangriento
Por la mano infame
de un mocoso malo
Que asesina por
deporte a diestra
y siniestra
Con su resortera
colgada en el cinto

Hay luto en el árbol
Las hojas se caen
Las ramas se secan
Nido que aguarda
Huevos que se morirán

Falta de calor de la
ausente ave
Falta de cantos que los
alentaba y los arrullaba
con su gorgéos llenos
de vigor y de esperanza

El árbol está triste llora la
desgracia
Hojas desprendidas
vuelan con el viento
Risas de un muchacho rumbo
al hogar
Presumiendo y ensalsando
lo bueno de su puntería
Leer más...

LA BESTIA

Relato y obra de Angeles Charlyne

 
 Un trozo de carne húmeda descansaba, demorado, en el suelo. De su interior brotaba un río rojo deslizándose frenético rumbo al sumidero. Una fiera salvaje se relamía, exhalando sonidos guturales y persiguiendo de un extremo al otro de la jaula, la impaciencia del aguardo. La otra, vigilaba desde fuera, azotándola con la fusta, fijeza almendrada de su mirada.
La tarde, como si fuera una valiosa insignia, se adhería al pecho del mundo, simulando lucir mejores cosas; cómplice del silencio, amordazaba la boca del sol, que sólo podía derramar tenues luces, desganadas aliadas del complot.
Las ramas de los árboles planeaban como aviones, desesperadas ante el desastre, sacudían sus alas impotentes, agitadas y empecinadas, como buenas hijas del inminente naufragio. Presagiaban, para quienes habían decidido ignorar la revelación en ciernes.
La señal de auxilio se desvanecía agitada en el intento malogrado, mientras el viento norte se sumaba, ceremoniosamente desinhibido; indiferente soplaba fríos y creaba espantos, sobre conciencias enlutadas.
La jaula se estremecía como una caja musical de antiguos cantos y desgarros. A lo lejos, el mar transpiraba temeroso, dejándose ir en el vaivén obligado, con sus ojos vendados de espuma, sin abandonar cierta indiferencia que no dejaba de ser rumorosa.
Nada ni nadie reclamaba desde la orilla, sólo blancos pájaros, posados en la osamenta de la vieja madera de un barco, cristalizaban sueños que seguían conduciendo lejos, en la embarcación que buscaba posibles respuestas.
Un hombre, pensativo, sentado sobre el repecho rocoso, sedimentaba profunda introspección; mordía los restos del cigarro, inhalando humo y salivando ausencias. Tenía los pantalones recogidos hasta las rodillas, dejando que sus pies desnudos naufragaran en las aguas, esperanzado tal vez, en lavar y salvar culpas.
Sanguijuelas y aguas vivas, jugaban espiraladas traiciones, haciéndole ronda, prestas a celebrar una misa, bebiendo el cáliz de sus dorados tobillos. El rito abrió las puertas a otras especies hambrientas para que se sumaran al festín.
El ensimismamiento sucumbió, cuando un rugido llegado desde el extremo clausurado, le pareció familiar. Hacía allí derivó.
Entre las rejas de una jaula, una figura casi humana de mujer, se retorcía mientras otra, pero bestial, la vigilaba desde afuera.
El hombre llegó, se detuvo al lado del animal, le acarició el lomo, este devolvió el saludo frotando la cabeza atigrada contra su cuerpo.
-Lo has hecho muy bien -le dijo, mirando al espécimen “humano”, mientras repasaba con sus manos los pies, de donde se colaba el tibio líquido, luego de la retirada presurosa de las sanguijuelas.
Humedeció sus dedos, para ofrecerlos. La mujer se estiró sin llegar a ellos, aplastando su rostro a los barrotes.
Ella, tenía los ojos desorbitados, grandes esferas negras agitadas de arriba abajo; una suerte de locura a punto de estallar; su cuerpo aparecía desgajado, se la veía débil. Las piernas huesudas parecían palos, remando por la libertad que sospechaba detrás de la jaula; un hilo de baba se escurría desde las comisuras agrietadas de sus labios, dejando un surco pegajoso, interminable; no se escuchaba palabra alguna “¿sabría hablar?”-pensó el hombre al recoger un trozo de carne y arrojarlo al interior de la jaula.
La mujer, jadeando, lo tomó en sus manos y comenzó a despedazarlo a dentelladas. ¿Mordía la sombra esquiva de un pasado?
El tigre olfateó el aire, con fruición. La sangre llama. El hombre lo había olvidado. La puerta de la jaula estaba sin traba, el golpe sonó metálico y lejano.
La mujer se irguió a medias para defender su alimento; el tigre se deslizó sigiloso y su paso blando contradecía la rigurosidad de la mirada aterciopelada, clavada en la carne chorreante. La hora de discutir posesiones parecía haberse instalado entre los dos. En los ojos de ella un ramalazo de descubrimiento, pareció llegar desde la repentina vigilia, ante la muerte. La batalla inminente pareció saltar seguros de la memoria.
El hombre comprobó que era en vano querer absolverse. La culpa roja reapareció casi junto con la lucidez de la mujer de la jaula. Ambos se reconocieron, desesperados fundadores de la especie, pero fue un segundo tarde, porque el tigre saltó.

Angeles Charlyne
De “La puerta qué…”
Leer más...

INDIFERENCIA DE LAS RELIGIONES establecidas

Texto de Norberto Portugheiz y obra de Christian Zúñiga


 Respecto al trato de los animales por parte del hombre, parece asombroso la ineficacia general de las religiones monoteistas, con mas de 3000 años sobre este Planeta...

Quizás la principal 'luz' universal que brilló alguna vez en los últimos tiempos -respecto a la compasión con los animales- fue el Mahatma Gandhi.

Asi es. Me parece increible el " silencio " planetario de tantos sacerdotes, pastores, rabinos, ulemas, etc. que indudablemente no son capaces de hacer oir su voz entre las masas humanas, en este tiempo, cuando tanto se reclama públicamente para disminuir lo más posible el sufrimiento animal.

Quisiera tan solo recordar al legendario Noe, salvado del Diluvio con su Arca repleta de animales... Y se lo estudia en la Biblia ¡Tanto por judios como cristianos...!

¿No tienen nada que decir al respecto los representantes del clero y las "Autoridades" espirituales, para instruir en la acción de sus feligreses...?
Leer más...

LA ALDEA BLANCA

Relato de Angeles Charlyne y obra de Oscar Carballo




















Renata era negra, la única en la aldea blanca habitada por blancos.
La única que nunca cerró la puerta de su casa.
Los había visto deslizarse a lo largo de sus vidas, lentos como caracoles distraídos. Nunca más habían nacido niños, desde la tarde que el monje negro se marchó, despedido a pedradas por todas las mujeres, quienes lo acusaban de haber anunciado el niño muerto que perdió Roberta.
Renata, negra, pagana y soberbia, era la única que no había envejecido en ese lugar que parecía ha
ber sido abandonado por Dios.
Miró una vez más por la ventana que da al jardín donde las flores se habían marchitado, como toda la vegetación del valle.
La esterilidad se había establecido para quedarse. Su propósito estaba logrado. Los árboles secos parecían agitarse sólo en días de tormenta, como pidiendo auxilio.
Resistía por quienes no habían podido hacerlo. No sabía muy bien que resistía. Sólo que, mirándose al espejo, comprobaba que su tiempo se había detenido.
Cada día notaba que era una herida abierta en la vida de los otros, quienes sangraban y disecaban con el tiempo, arrastrando sus osamentas, como el maleficio nunca proferido.
Renata no sospechaba, ni por asomo, cual era la razón de su eterna juventud.
Ella era negra, la única en esa aldea blanca habitada por blancos, casi transparentes después de ser carcomidos por una eterna tristeza que empezó por robarle los sueños y los deseos.
Los ex niños que envejecieron sin crecer, nunca habían podido jugar y Renata trataba de rescatarlos, pero sin éxito. Habían desconocido el interés y por lo tanto las etapas se cumplieron todas en una. Nadie sabía ya quien era adulto y quien no. Todos parecían iguales.
Renata iba al río, lavaba su ropa y se quedaba, luego, adivinando los movimientos de la corriente, como intentando descifrar el devenir del futuro.
En realidad no pensaba desde la reflexión, sino que buceaba en su interior desorientada sobre las diferencias que nadie podía explicar.
Roberta después del nacimiento perdido, se quedó sentada a la puerta de su casa y nunca más volvió a entrar en ella. El tiempo, asociado con la detención, nunca más le dio paso a las estaciones. Había quedado oscilando en un otoño templado, desmañado, de cielo sucio, con un sol remiso a la hora de disolver nubes.

El resto de las mujeres que apedrearon al monje negro emigraron al bosque buscando una huella inexistente y dando vueltas en círculo, sin detenerse jamás. No había humo en las chimeneas de las casas y Renata no sabía si los blancos se alimentaban. Nadie hablaba, por supuesto ella no sería una excepción.
El polvo que sólo el viento movía se depositaba para formar capas superpuestas que daban, como las eras glaciares, el espesor de las etapas que se acumulaban, como las esperanzas de la humanidad por un destino mejor.
Una mañana, que para ella era de mañana, decidió subir al monte. El paisaje, a sus pies era sobrecogedor. Una serpiente de tierra que zigzagueaba en el espacio rumbo a la nada. Se sentó dispuesta a esperar algo que no sabía muy bien que era. Miró al cielo y ni siquiera hubo un celeste cierto que le diera respuestas.
Finalmente, un punto oscuro en el límite del horizonte, le advirtió que algo, por fin, se movía. Calculó que disponía del tiempo del mundo hasta que llegara hasta ella. Decidió que no debía moverse y que era la única oportunidad. ¿De qué? No se lo pudo responder.
Las horas se deslizaron tenues aunque el cielo siempre estaba igual.
Renata sabía que el reloj celeste nunca se había detenido.
El jinete que desaparecía en las depresiones del sendero, quedó el último segundo oculto a su mirada. Cuando emergió le pareció comprender que había una cuenta que saldar. El monje negro se detuvo exactamente en el lugar donde ella, oculta por la piedra, quería saber.
El monje negro se quitó el hábito sin prestarle atención, ella supo que debía hacer lo mismo. El, todavía de espaldas se volvió para poseerla. La cuenta astral de la vida detenida fue cobrada con la morosidad que la naturaleza exigía. Ninguno de los dos se dijo palabra, el tiempo de la soldadura espacial, se llevó todas las brumas. El cielo se limpió, repentinamente y el sol se dejó ver. Sus cuerpos relucientes, brillaban en las contorsiones.
Poco a poco la vegetación reverdeció. Las primeras flores de los primeros jazmines del país, aromaban el valle y sus efluvios llegaban a la gente que empezaba a aspirar. Los colores reaparecían gradualmente, al ritmo de la ceremonia ritual de la carne.
Cuando los dos sintieron que se había sellado una herida, resonó en el valle, el primer berrido. Roberta había dado a luz, la sombra del sueño extraviado.
Renata cerró la puerta de su casa, había cumplido.
Angeles Charlyne
De “La puerta que…
”Texto editado por Asociación Amalgama de la ArtesRota, Cádiz (España)Revista Literaria Cultural “AMALGAMA”/ ejemplar Nº 15Correspondiente al período Diciembre 2007/ Junio2008-
Leer más...

RUIDOSA

por Angeles Charlyne 
“Los ruidos secretos de alguna repugnancia se han quedado en los sitios que ocultó el asco...
”Las aves rapaces buscaron la carroña que algún otro depredador satisfecho había cedido. La carne vacilante tendida como una bandera roja, esperaba el tironeo del enemigo. Sus picos, destructivos forcejearon, extrayendo vísceras, aún sangrantes. Los intestinos también fueron izados en la ceremonia secreta del graznido. Los cuervos llenos de luz y victoria alzaron vuelo por el olor convocante de otras muertes. Mamá volcó sobre mi plato la sopa roja de verduras, miré el caldo colorido y recordé el documental; despaciosamente sin que ella lo advirtiera, lo arrojé por la tubería, del estertor que calló mi asco...


De “Siete veces 7”Microcuentos
Leer más...