LAS CULPAS DEL MUNDO cuento y obra de Angeles Charlyne

La duna amarilla pareció brillar en ese mediodía incierto de playa. La soledad sorprendió a Soledad, en mitad del camino del parador y se detuvo. Levantó su cabeza y el sol castigó con un dedo de fuego. No le importó, llevaba mucho sol y mar sobre su cuerpo bronceado, esbelto, sin tiempos, asombroso para los otros, sin cuidado para ella.
El mar rezongaba torvo en el horizonte ansioso, tal vez por lamerla.
Un cierto temor vagabundeó por la tristeza olvidada de Benedetti en algún libro, por supuesto olvidado del olvido. La comprobación que nadie había bajado a la arena, era inquietante, improbable, indemostrable, demoledora. Caminó sintiéndose tan sola como nunca, tan cierta como siempre y tan curiosa como se lo esperaba.
La ausencia de voces planeó sobre las olas, remontó ansiosa buscando destinatarios. Hubo un leve silencio marino, sólo perceptible para ella, comprobó que la vela de su embarcación se mecía complaciente en la bahía próxima. Su retirada estaba asegurada. La retaguardia cubierta. Caminó y sus largas piernas doradas, firmes y seguras, no admitieron vacilaciones a pesar del desconcierto. No poder comentarlo más que para sus adentros, era en cierta forma un desafío.
Descendió erguida, estatuaria, convencida que cerca del mar la fiesta siempre es completa, para que los sentidos obliguen a retroceder fantasmas.
Las postales de la memoria se amontonan, como los puertos recorridos, los cuerpos abrazados, los placeres consumidos y consumados, las mesas bien servidas y las copas mejor bebidas.
En la arena húmeda encontró razones para levantar un castillo, mientras caminaba bordeando el agua, jugando a eludirla, a no ser alcanzada, el juego que mejor jugaba, el que más le gustaba jugar.
Supuso que una razón más que razonable tendría incidencia en esa repentina soledad. La razón no siempre resulta de la razón, también llega desde la fuerza, por eso la fuerza de la razón, sublima a la razón de la fuerza, a veces.
Sumergió su mirada en la cresta verde de la primera ola que se derrumbaba sobre la costa, para sentirse proyectada en el espacio y arrojada, brutalmente, sobre la arena tibia; le hizo sentirse casi propietaria del santo grial, dueña del todo, ama de la nada; algunas gotas fugitivas desobedecieron y perlaron su cuerpo, un tanto más ambiciosas que las otras; parecían supuso, que querían explicarle algo vinculado con el misterio de la desaparición de la gente.
Se encogió de hombros, pese a que la resignación no era parte de su vida; porque la suya muda por la garganta coloraturas de arena. Pensaba que la salvarían los granos, menudos de arena, que antes de ser granos son y fueron sueños yunteros.
Olió fragancias penetrantes, propias de lo singular. Nada era compartido y los olores tuvieron el impacto sensorial que da ser la única receptora de eso que el aire trasladaba. Una mezcla de fresias tardías, mutando a silvestres lavandas, impregnaron los tiempos siguientes. Observó que el sol había viajado repentinamente rápido para su gusto y le pareció más alto que de costumbre.
El camino volvió a empinarse esta vez con destino al acantilado desde donde podía divisar la aldea. Supo, por instinto, que allí estaba la clave. Cuando llegó y sus pies asombrosamente perfectos y vagabundos, lograron trepar con la gracia de nunca, pudo ver que las callejuelas, los negocios y las casas estaban vacíos, abandonados, las puertas y ventanas lucían el apuro de sus moradores presurosos, por causas desconocidas, que marcharon hacia algún ignoto destino.
¿Todos juntos y al mismo tiempo? ¿En realidad se marcharon juntos, alguien los dispersó, les dieron una noticia o huyeron?
La pregunta flotó sobre las olas y devolvió pinceladas de quietud. Las mariposas irrumpieron, inesperadamente amarillas, para murmurar respuestas que ella no podía entender.
Soledad, escribió en la arena, la pregunta: ¿Qué pasó? Y el pájaro oscuro que extendió las alas, dirigió las fijas y fulgurantes miradas, que se llevó a dos vueltas sobre su cabeza. Se sentó en la arena y dejó que el sol volviera a acariciarla. Dispuso que fuesen las manos de Alejandro, cálidas y potentes, para hacer más propicia esa loca decisión de esperar lo inesperado.
Un tiempo después y luego que el silencio resultara casi ruidoso, la brisa se ensañara con su cuerpo y las gotas de las olas abandonadas, agotaran su forma de llamarle la atención, el pájaro oscuro regresó planeando desde lejos, majestuosamente, subió y plegó las alas como indicándole seguirlo. Viajó en dirección mar adentro. Ella no vaciló se dejó llevar y comenzó a nadar. Advirtió que las mariposas la seguían a prudente distancia, casi custodiándola. Fue superando el oleaje hasta abandonar la zona aledaña a las playas allí donde cambia la fuerza del agua, hasta que en el fondo le pareció ver una ola tan alta, que borraba el horizonte, en el centro creyó ver el contorno de una puerta, se dijo que el sol dibujaba para ella. Que no supo porque no eligió ir en su embarcación y además desde donde esas preguntas merecían respuestas atinadas. Sus brazadas firmes se aligeraron y también el ritmo a medida que se aproximaba a esa mole que ya le tapaba el cielo.
Cuando la velocidad era imposible de ser cierta y el valle anterior que se produce cuando la ola gana altura, era un foso verde y revuelto, comprendió que el rumbo era fijo y debía atravesar la puerta. No dudó. Tampoco el tiempo se lo permitió. Metió la cabeza entre sus brazos y embistió la parte central de esa puerta dibujada por el sol. La atravesó, la ola pasó por encima suyo y allí estaban.
Una plana serenidad astral, casi la playa infinita de un continente desconocido había congregado a los últimos pasajeros del arca de la humanidad, supo sin comprobarlo que esa ola gigantesca llevaba como destino lavar las culpas del mundo y el tiempo malgastado del odio.
De la serie de relatos “La puerta que…”

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